Un ciruelo solitario entre tierras vacías. Respira lento, no tiene prisa, ya no espera las manos de Adrián. No se encoge como cuando sentía la presencia de mi viejo amigo, ya no exclama en silencio sus quejas de poda, no lanza sus claudias maduras al suelo. Ya no escucha a escondidas nuestras conversaciones privadas, confesiones de amigos, chismorreos de estío. Ya no es el mismo sin él. Necesita sentir sus manos pelando su corteza enferma, añora su cuerpo sentado en su sombra, la humedad del hombre que le plantó, la calidez del labriego que le cuidó. Se enfada el árbol, nadie le escucha...blasfema, no entiende nada, el hombre no puede hacer esas cosas, dejó de creer en el dios de los árboles, dejó de rezar, ¿para qué? pensó. El viejo ciruelo volverá en unos meses con sus nuevas claudias, pero este año, este verano, serán un poco menos dulces.
Gracias amigo.