miércoles, 21 de marzo de 2012

Adrián



     Un ciruelo solitario entre tierras vacías. Respira lento, no tiene prisa, ya no espera las manos de Adrián. No se encoge como cuando sentía la presencia de mi viejo amigo, ya no exclama en silencio sus quejas de poda, no lanza sus claudias maduras al suelo. Ya no escucha a escondidas nuestras conversaciones privadas, confesiones de amigos, chismorreos de estío. Ya no es el mismo sin él. Necesita sentir sus manos pelando su corteza enferma, añora su cuerpo sentado en su sombra, la humedad del hombre que le plantó, la calidez del labriego que le cuidó. Se enfada el árbol, nadie le escucha...blasfema, no entiende nada, el hombre no puede hacer esas cosas, dejó de creer en el dios de los árboles, dejó de rezar, ¿para qué? pensó. El viejo ciruelo volverá en unos meses con sus nuevas claudias, pero este año, este verano, serán un poco menos dulces.

Gracias amigo.

martes, 14 de febrero de 2012


capítulo VI ( carta a Águeda)



            -El calor apenas lo sentíamos, nuestras miradas se fijaban como dardos en el final de la terrorífica fila que nacía en la puerta del autobús. Era un vehículo viejo y siniestro, el motor lo arropaban dos hermosos capots de color azul que sobresaltaban del resto de la pintura del coche, las ruedas eran enormes y las traseras se emparejaban como siamesas, el techo era un almacén ambulante y multitud de maletas, cestas, cajas y paquetes se amontonaban en una poco ortodoxa baca a la que cruzaban infinidad de cuerdas. El aspecto del autobús nos hacía sentirnos más inseguros y asustados. Todos los chiquillos sujetábamos como tenazas las manos de nuestros padres, que con miradas lánguidas nos susurraban palabras de aliento. La cuerda humana tejida con familias enteras era demasiado larga y cada vez que una de ellas entregaba a sus chiquillos a las dos monjas de la entrada, se producía un llanto estentóreo que retumbaba en el techo de la estación de autobuses. Cuantos más llantos más se encogía la fila. Tu madre, la tía y yo no abrimos la boca y nada más subir al autobús nos acomodamos en los asientos finales, asientos de madera, duros como mármol. Tu madre, Aguedita, nos sujetaba las muñecas inmovilizándonos. Tenía que cuidar de nosotras. Mirábamos a la gente que nos despedía y sentíamos ,ya con nuestra edad, que las miradas pueden decir mucho y ellos nos gritaban sin mover los labios. Tus abuelos, impertérritos, se situaron debajo del cristal de nuestros asientos y nos sonreían.



            -No os preocupéis son sólo unos días. Vuestro padre y mamá irán pronto, obedeced siempre a Aguedita - Nos decían tras el cristal intentando hacerse entender tras el muro trasparente de la ventanilla.



            -Las familias parecían frágiles y tristes. Los adultos hablaban entre ellos. Aguedita nos entretenía y nos hacía decir los colores de las chaquetas de pana de los hombres o la clase de tela de los pañuelos de las señoras, nos hacía reír mientras veíamos a nuestros padres difuminarse tras el autobús. El camino se hizo interminable. Sentíamos hambre y con nuestra imaginación inventábamos deliciosos pasteles que nunca vimos e incluso sospechábamos que por su magnitud no debían existir. El griterío asustaba. Los llantos asustaban. Las monjas asustaban. Nunca olvidaremos ese viaje, los pocos días que nuestros padres prometieron se convirtieron en dos años. El autobús hacía un ruido ensordecedor, hablábamos en alto y mirábamos por la ventanilla observando el mundo que no conocíamos. Nos impresionaba todo, señalábamos continuamente a la gente, a las cosas, a las casas, todo era distinto a Madrid, el Madrid que nosotras conocíamos, el barrio que nosotras pisoteábamos con nuestros juegos. Descubrimos unos paisajes y unas personas distintas, los pueblos no se parecían a la ciudad y nos sorprendíamos por cualquier idiotez. No veíamos vendedoras de agua con sus botijos como las de la Plaza Mayor, ni limpiabotas enfilados en las aceras, ni viejos con sus cuartillos de leche de madrugada. Seguramente existirían, pero no los veíamos por los pueblos por donde pasábamos. Recuerdo que nos quedamos heladas cuando vimos los campos de girasoles, esos verdes jugueteando con los amarillos, esos campos de trigo, esos jóvenes en el campo, como barcos en un mar de oro, esos carros flotando en el amarillo del centeno, esas muchachas mimando las vides. Sí, Servando sí, cuando descubrimos esos campos inmensos nos quedamos calladas, jamás habíamos sentido una sensación de enormidad como con aquellos benditos campos. Pronto nos hartaríamos, la verdad, ya que el campo para trabajar es como un veneno que te corroe sin darte cuenta. Tu madre trabajó dos años pero el dichoso campo la curtió como el cuero de una ternera. Pura y yo nos libramos. Pura era demasiado pequeña y no la llevaban a las viñas aunque con sus seis años cuidaba de las ocas, todas las mañanas las sacaba a corretear por los campos y las recogía al mediodía. Y yo de pura pava que era, sólo me dejaban coser, pero ya te digo que si cosía, todas las labores de costura eran para la sosa de Flora, pero a mí no me importaba, me libraba del resto de las labores que no eran pocas. Cosía las cortinas, los manteles, los vestidos, enaguas, calcetines, gorros, hacía gorros de punto, también jerseys y lo más difícil, hacía guantes de lana, eso precisaba de una técnica especial y mi fama de costurera traspasó límites. Pero lo que más me gustaba era bordar las camisas de Fabián, eso era como subir al cielo. El olor de sus camisas, nunca lo he olvidado. Yo tenía diez años por entonces, pero todas las niñas suspirábamos por el amor de Fabián. Era la alegría de la granja, el motor, la dulzura, la fuerza, el símbolo de la granja. Era el motivo de vivir de Doña Elvira y de Don Gaspar. Adoraban a su hijo, lo idolatraban, lo colmaban de atenciones. Y así pasó, cuando se fue al frente, maldita guerra, aquel esplendor, aquella manera de respirar desapareció. La vida de la granja se resquebrajó y nunca, nunca volvió a ser la misma casa. Hasta las cosechas parecían estar tristes. Fueron las peores temporadas y las aceitunas, ese maldito Enero, fueron más pequeñas que nunca. Se acabó el plato de aceitunas en la mesa de la cocina, se difuminaron las rosas luneras que Fabián colocaba en los jarrones de la casa, se apagó la luz que iluminaba el cielo de esa preciosa granja. El frente se llevó todo, el brillo de nuestros ojos, el color de nuestras mejillas, la dulzura de nuestros labios. Pero bueno, a lo que íbamos, pasamos más de diez horas para recorrer medio camino y las monjas de San Vicente Paul nos hicieron bajar del autobús, no me preguntes donde porque no tengo ni idea. Estiramos la piernas, Aguedita nos masajeaba y Pura no paraba de llorar. Estábamos solas, incomprensiblemente para las tres habíamos descubierto los campos de girasoles junto con la soledad, la soledad compartida con la indefensión. Nuestra innutrida mente se acongojaba con la experiencia mas inoportuna e inexplicable de nuestras cortas vidas. Tu madre nos recogía en sus brazos. Sentadas las tres en una piedra nos protegía con sus torneados y cálidos brazos, nos besaba el pelo, nos secaba las lágrimas con su camisola verde, verde como las vides que contemplábamos desde la dura piedra. Nos hablaba, Águeda siempre nos hablaba, nos susurraba, primero a una y luego a otra, nos engañaba sutilmente con mentiras tan piadosas como nuestra cabezas de niñas podían comprender. Las lágrimas de Pura se transformaban en risotadas y de pronto, nos convertíamos en tres niñas desvergonzadas riéndonos de las cosas más absurdas, de la gorra de un granjero, de la nariz del conductor del autobús o del estúpido tocado de las monjas (auténticas carceleras de ese presidio), de ese viaje al destierro, destierro de sueños, de amigos, de patios, de pizarras, de amores. ¿Qué nos depararía el futuro ? No sabíamos nada, si besaríamos a nuestros padres de nuevo o si aquella imagen tras el cristal del autobús en la estación sería el marco perfecto, la foto vieja, el recuerdo de nuestros cansados padres. Te aseguro y puedo jurarte que con mis diez años tenía la aflicción y el desencanto de un adulto. Pura sólo sentía hambre y miedo, Águeda nunca supe si sentía algo. Ella era la rabia, la lucha , nuestra protección, y no se podía permitir lujos de sentimientos desanimosos. Más tarde continuamos el camino a no sabíamos donde, anochecía y la luna de Julio nos acompañó en un asiento imaginario tras la ventanilla. Aquella tartana era mas bien un tranvía, porque te juro que aquel viaje duró unas interminables horas, un suplicio que se acrecentaba con el pasar del tiempo. No sentíamos las piernas y Purita comenzó a llorar escandalosamente e histérica, como si un ataque le hubiera despertado de su incómodo sueño. Las monjas nos amonestaron y nos aconsejaron unos preceptos tan rigurosos como aburridos y al poco tiempo, gracias a todos los santos, llegamos a nuestra tierra prometida. Habíamos pasado toda la noche viajando y la mayoría de los niños nos dormimos a pesar del suplicio de los dichosos asientos de madera. Nos despertó una monja, la más vieja y grosera, con unas palmadas. El autobús cobró vida y como si de un letargo se tratara comenzamos a mirar curiosamente, bostezando, estirándonos y arreglándonos nuestros viejos vestidos y blusas. Águeda amoldaba sus dedos en nuestras muñecas.  Sus manos como grilletes nos sujetaban fuertemente nuestras pequeñas muñecas.



            -Vosotras no me soltéis por nada del mundo, ¿entendido ? -Asentíamos con la cabeza. Pura no sabía ni a qué estaba respondiendo pero asentía.



            -Bajamos con mucho cuidado por las escaleras de la tartana, con dificultad porque estábamos unidas con nuestras manos, tu madre nos hacía daño, nos apretaba con fuerza, con tanta fuerza que temblaban sus brazos. Mi mirada buscó sus ojos y comprendí que Águeda también tenía miedo, también mostró la debilidad que ocultaba desde el principio. Tenía un miedo espantoso a que nos separaran, a que su protección se esfumara en aquella plazuela de pueblo. Nos reunieron a todos los chiquillos en el centro de la plaza. Unos señores ataviados con trajes hablaban distendidamente con las monjas y con el conductor del autobús. De vez en cuando señalaban impersonalmente al grupo y con el dedo contaban como haciendo apartados. Los vecinos del pueblo nos miraban, hablaban entre ellos, también nos señalaban y luego se palmeaban el pecho como adjudicándose niños. Daba la impresión de que aquello era una rifa y que nosotras no íbamos juntas en el premio gordo.



            Pasamos unos momentos inciertos. Los niños se iban marchando con personas desconocidas, sus rostros eran de perplejidad y yo diría que de miedo. Más tarde comprendimos que nos dirigíamos al sosiego, a la paz, al pan, sobre todo a eso, al pan que en Madrid no había. Sí hijo, sí, no nos marchamos de la capital por los bombardeos como pensábamos, nos marchamos porque el hambre era uno más de nuestras familias. No sabíamos de alzamientos ni de repúblicas. A nuestra edad, sabíamos de comidas y cenas y nada más. Tus abuelos como todos los padres de entonces nos mandaron a comer, lejos de sus faldas, pero al fin y al cabo camino de la pitanza diaria.



            Una monja se aproximó cautelosa a nosotras que, después de un par de horas, continuábamos unidas por nuestras manos. Se dirigió a Aguedita que se la veía mayor y le dijo que si éramos hermanas. Águeda movió la cabeza afirmando y sus ojos no pestañeaban.
rock americano del bueno

Y si vienes buscando paraísos

Creo que te has equivocado

Las calles sucias no son de mármol blanco

Y los puños se hunden en estómagos vacíos



Unas vírgenes putas me esperan todas las tardes

Me maquillo en este lado de mi locura

Para viajar de noche en mi coche dorado

Para sentir de una vez si sirvo para algo



¿Tú navegas empalmado en lo alto de mi barco?

Preferiría no saber tu triste respuesta

Simplemente me pareces un animal encadenado

De los que se comen las heces de los otros condenados



Me esperan mis vírgenes putas en el otro lado

Puedes venir si quieres porque te siento muerto

Te dejaré conducir un rato con los ojos vendados

Y te correrás con el viejo cóctel de placer y miedo



Si te sientes un estúpido es porque eres un estúpido

Magúllate esa cara de acabado para no reconocerte

No es justo que desprecies así a un espejo inocente

Y quítate esa camisa verde, ya  no hay esperanza



Si vienes buscando el infierno

Yo te llevaré de la mano

No hay salida para los hijos paridos en vertederos

No reces más, no ves que no te está escuchando nadie



Seguro que alguna vez has soñado despierto

Y te veías vestido de blanco y borracho

Aprenderás a no cometer esos errores

Cuando sepas que soñar es de ricos



Ven despacio, esto es una muerte segura

Hay algún terremoto en la calle de al lado

Nos meteremos debajo de algún nido de leopardo

Nos marcharemos después de ser aplastados.







Chopping Tools-eldelacande- 2006

El barro de tus zapatos es espeso y rojo fuego

De dónde vienes a estas horas, tu vestido huele a humo

¿Has buscado el sonido de las hojas azuzadas por el viento

O has mojado tus manos con  las aguas de las tormentas?

Tu pelo largo y azul  trae flores amarillas enredadas

Y tu piel morena las marcas de sábanas planchadas y limpias 



Has estado fuera mucho tiempo

Pero ahora vienes cuando más te necesito

Igual que las flores brotan en los suelos pedregosos

Tú apareces entre espesas nieblas y violentas tormentas



No traes las maletas llenas, ni regalos, ni ropa de abrigo

De nuevo vienes para un suspiro, para no quedarte

Tu olor se ubicará de nuevo en la alcoba grande

Entre los paños bordados, en los pañuelos y en el ambiente

Volarás cuando venga el frío otra vez del norte

Cuando amaine la tormenta que me dejó varado



Has estado fuera mucho tiempo

Y ahora vienes cuando más te necesito

Cuando escuchas a lo lejos mi llanto desesperado

Cuando ves mis ojos perdidos y el pequeño espejo lleno de polvo



No eres de aquí y los dos lo sabemos

Las tierras rojas  y las candelas te llaman

Eres de donde las hojas cantan azuzadas por el viento

De donde las lluvias mojan esas manos tan delicadas

Vuelve para enredar ese pelo azul con flores amarillas

Para dormir entre linos blancos perfumados



Has estado fuera mucho tiempo

Y ahora vienes cuando más te necesito

Cuando escuchas que te llamo desesperado

Cuando mi vida quiere saltar al otro lado



Yo esperaré sentado a que mis gritos te traigan

Como el mar trae los restos de un naufragio

Aguardaré mirando desde el balcón el horizonte

Esperando a que amaine el viento y la lluvia

Ese aire y esas aguas, esos vientos y esas lluvias

Que hacen susurrar las hojas y humedecer tus manos



Has estado fuera mucho tiempo

Y ahora vienes cuando más te necesito

Cuando la noche me esconde con su capa oscura

Cuando mi nariz sangra mientras estoy dormido



Ese aire y esas aguas, esos vientos y esas lluvias

Que me traen tu aroma y el agua en las líneas de tus manos

Dormiré tranquilo si tu recuerdo me deja

Cerraré los ojos aunque te siga viendo

Estaré tranquilo pues sé que estás alerta

Que me vigilas muy de cerca



Eldelacande 2005

lunes, 13 de febrero de 2012


 El extraño caso del asesino asesinado. Mi nombre es Monty...Sor...Monty...

Siempre le produjo un placer indescriptible notar el frío metal de unas tijeras rozándole el cuello, perfilando sus patillas o notando como paseaban por su frente recortando un flequillo revoltoso. Placer en el sonido embriagador del tintineo de la hojas, en el roce de los dedales, en los bordes helados. El frío metal contra la carne caliente, el contacto de un objeto cortante y  peligroso contra una piel finísima, el bien y el mal, el dolor y el placer, dios y el demonio, los contrarios complementándose, el equilibrio…Pero en esta ocasión el frío metal pegado en la sien sólo le provocaba un vacío, una angustia, arcadas de bilis de miedo. Miles de historias pasaron por su cabeza, revoloteando, desordenadas, ambiguas. Miedo. Rabia. Era puta mala suerte que un imbécil ignorante sostuviese una pistola sin titubear, mofándose de sus temblores, de sus excrementos esparcidos por el suelo, del olor a orín, de sus súplicas. Sus ojos apretados y sus lágrimas no soportaban aquel estado. Aquel patíbulo en el que se había convertido aquella alcoba estaba dispuesto. Sólo le quedaba esperar, con los dientes apretados, con el cuello encogido y las manos en la espalda, de rodillas como un devoto, como un suplicante, como un reo. Sólo un estruendo, el sonido estentóreo de una detonación acabaría con aquello, la muerte le husmeaba, le llamaba, le bendecía. Y el trueno estalló. Y un ruido ensordecedor, y el olor a humo y a sangre vino de súbito.

Un interior a oscuras, un vacío azulado, un sonido monótono, inarmónico, simple, espeluznante, con vaivenes de frecuencias, de intensidades. El sonido de Hades, la humedad de la laguna, la mano del barquero y la amargura de óbolo, la nada. Desdicha, un paso mal dado, una lluvia de cuchillos, el aliento sin aire, la expiración.

2.-     Hacía frío en el claustro, el otoño había abierto los armarios y los jerséis de lana y los baratos forros polares del Decathlon daban un poco de color a los oscuros  hábitos de las monjas cartujas. El desayuno a esas horas tan intempestivas era como avivar unas ascuas en el estómago, además de despejar la mente, desentumecer los músculos y quitar el hambre.

Sor María de las Montañas, Monty desde hacía años, llevaba cincuenta años dedicada a la contemplación, al rezo y a las duras tareas de la abadía. No progresó, no tuvo nunca la idea de convertirse en alguien importante, sólo le gustaba hacer sudokus, beber vino y ver a las novicias desnudas. Estaba allí por convicción, sabía que era una buena vida, comida caliente, estudio y paseos por los huertos. La vida la enseñó los dientes desde muy pequeña y la posguerra hizo el resto. Se conformó con reposar la comida, leer la vida de los santos y descuartizar pollos en la cocina en vez de salir a trabajar a las seis de la mañana, hacer colas en los racionamientos y tiritar en las húmedas camas los meses de invierno. La contienda civil dejó algunas deficiencias nutritivas. La  inteligencia de animal y el instinto humano para sobrevivir convirtieron sus harapos en hábito cartujo. Ya ni recordaba sus primeros años en el convento, había pasado mucho tiempo y ya,  a sus ochenta y seis febreros, sólo le preocupaba tener vino en los bajos de su mesilla. Era la típica veterana, postrada en su sillón de enea y eternamente somnolienta, que velaba en las calientes cocinas los inviernos y en los frescos claustros los veranos. Esperaba, tranquila y gorda como un cebón, a que le llegara su día.

El estío marchó hace algunas semanas y el otoño se hacía un hueco a codazos en el valle. Monty notó que alguien zarandeaba su brazo intentando despertarla del sueñecito en el que se había sumido antes de la comida. Estaba  sentada en un butacón en la cocina, al olor del puchero humeante y del calor de las llamas. Aunque aún el tiempo respetaba los huesos viejos, se agradecía el calor de la lumbre, lo que le provocaba una dormidera agradable y reconstituyente. Con voz cansina y los ojos vidriosos exhortó a la joven novicia que la sujetaba del antebrazo a que la dejara en paz. Pero en cuanto la escucho que tenía visita, agradeció la ayuda que le prestó para levantarse, a la vez que palmeaba su hábito para adecentarse. Caminó con dificultad por los pasillos de la abadía intentando llegar lo antes posible a la salita habilitada para encontrarse con gente de fuera. La clausura era rígida en esas cuestiones y sólo se permitían dos visitas al año, aunque tratándose de Monty la cosa se podía hacer más flexible. Era una de las más antiguas, de hecho, había sido una de las monjas primigenias de aquel convento, el primero de monjas cartujas que se hizo en España. Antes había estado dando tumbos por Italia en conventos repartidos por la Toscana y el Piamonte hasta acabar en Santa María de Benifassá en los años setenta. Y ahora, después de pasar posguerras, dictaduras, transiciones y demás momentos, la única política en su vida era contemplar la vida, como el bueno de San Bruno le había enseñado.

Caminó agarrada del brazo de la novicia, salió de la cocina y en un instante recorrió los treinta y seis metros del lateral del claustro, pues la visita le proporcionaba una subida de adrenalina ya casi olvidada. Ya no se detenía a observar las columnas ni sus capiteles del claustro como cuando llegó, ahora no los hacía ni el menor caso, ya no despertaban su interés y sólo comentaba de vez en cuando la degradación de alguna columna o la suciedad de algún capitel de motivos florales. Eran otros tiempos, el convento se había convertido en parte de ella. Conocía todos sus rincones, sus pasos secretos, sus capillas, sus estancias, las celdas, todo, hasta los agujeros de los ratones. La novicia descerrajó un pesado cerrojo de bronce y ayudó a Monty a cruzar el umbral de la puerta que unía el patio con la sala de visitas, despidió a su acompañante y se quedó observando a la figura que detrás de la celosía de cerezo la esperaba.

         -¡Ya era hora! Gruñó, acercándose despacio...

Amanecí con los dedos negros, oscurecidos por la enigmática sustancia que desprenden las nueces verdes al pelarlas. Es curioso, la naturaleza es curiosa, parece como si te quisieran advertir que las nueces aún no están para comer y para aprender la lección te marcan por unas horas e incluso días con ese hollín natural que envilece tus manos.

Era octubre, un octubre claro, suave e inusual. Me había desplazado a casa de mi tío para ayudarle a levantar un muro de piedra. Me agradaba trabajar con las manos, sumergirme en tareas manuales, sudar , ensuciarme. Llevaba tanto tiempo trabajando en el despacho que tan sólo hacía algo de ejercicio cuando jugaba al golf o al pádel con los compañeros. Y me gustaba sentirme sucio, esforzarme e incluso deshidratarme, eran sensaciones con las que conseguía resetearme, volver con más energía. Un especie de mini ave fénix que me ayudaba a no derrumbarme con mi trabajo. Me sentía asilvestrado fuera de sitio pero un poco más libre...



“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor” El gran Pentapolín el del Arremangado Brazo, intentó releer aquel viejo libro que llegó a sus manos. Siempre le gustó entretenerse con relatos fantásticos y con viejas historias la noche anterior a sus batallas, le relajaba y le inspiraban para catapultar su destreza táctica en los momentos decisivos. Pero en aquella ocasión cerró el libro bruscamente, sin miramientos y   con violencia, descargando de entre sus hojas el polvo e inmundicias acumuladas durante años. De súbito, con una palmada seca y estentórea, que retumbó en su tienda de campaña, requirió la presencia de su asesor de campo que, en cuestión de segundos, se personó sumiso ante la presencia del gran guerrero. Con la cabeza agachada y las manos entrelazadas en su espalda escuchó la demanda del gran general, que no era otra que la de traer ante su presencia al infame autor de aquellos injuriosos párrafos, de aquellas líneas burlescas y mentirosas donde se comparaban a sus valerosas  huestes con unos simples rebaños de merinas. Sus generales, caballeros, arqueros e ingenieros se mostraban en aquel libro como simples bufones, representados por unos cientos de ovejas polvorientas y sumisas. Su honor estaba tirado por los suelos, su figura burlada y el nombre de su dinastía ultrajada de por vida. Resoplando, apretando los puños y maltratando incluso a sus lebreles, vociferaba en el interior de su tienda, reclamando la sangre del imprudente que osó compararle con un carnero. Absorto por la ira que le brotaba por dentro, todo dejó de importarle, hasta tal punto que incluso desatendió a su primer oficial, que por boca del asesor de campo, le comunicaba que la caballería de Alifanfarón, el infiel que pretendía la mano de su hija, asomaba por el horizonte de la meseta castellana.

En nombre de Miguel de Cervantes se convirtió, desde aquel mismo segundo, en el principal enemigo de Pentapolín y ordenó que sus hordas entraban en los pueblos en busca de ilustrados, maestros y cualquier hombre de letras que pudiese tener la destreza de enhebrar, con el arte de la escritura, aquellas frases injuriosas. A su vez, su gran enemigo Alifanfarón, ilustre conductor de los Garamantas, conoció la empresa de su adversario y presto, se interesó por aquel libro que tan fácilmente había conseguido lo que él nunca logró en años, desestabilizar al del Arremangado Brazo. Perplejo y sin habla se quedó el rey de los Garamantas cuando descubrió que él mismo, el gran sultán de la Isla de la Trapobana, estaba también sumido en las burlas y en los desmanes de aquel que, con su pluma. abría más heridas que la más afilada de las cimitarras. Sin perder tiempo y paralizando la inminente batalla, pidió a sus generales que concertaran una tregua con el enemigo, había que atender primero a su honor y después continuar con la guerra.

Amaneció el la Mancha, las cigarras despertaron madrugadoras y el sol repartía amablemente los primeros rayos tibios, las dos delegaciones se encontraron enfrentadas y mostraban, orgullosas, las oriflamas y estandartes de sus dinastías. Pentapolín bajó primero de un precioso corcel azabache, de hechuras bravas, cernejas largas y crines recogidas. A continuación Alifanfarón desmontó de un majestuoso caballo tordo, hijo de la mejor yegua de la orilla oeste del Eufrates. Ambos, caminaron al encuentro con magnánimo aire real y, desvistiéndose de sus guantes, se unieron en un desconfiado abrazo protegidos por las miradas de sus seguidores. Hablaron del pérfido libro, de su autor, del desprecio con el que habían sido tratados y juraron, cada uno en el nombre de su dios, que castigarían al tal Cervantes y atajarían su virtud para siempre. Ya atardeciendo y después confirmar la tregua para dar rienda suelta a la nueva empresa, las dos caballerías se separaron dejando tan sólo los restos de la ira que en su paso iban sembrando.

Cuatro lunas pasaron cuando las noticias confirmaron que unos mercenarios turcos al servicio del sultán encontraron al pobre Cervantes en la localidad de Esquivias. Lo hallaron en una pequeña casa, desatendido y necesitado, pero manejando con destreza su infame pluma, para conseguir, según contó, algo de carne para el puchero diario. Encadenado y fustigado, lo llevaron enjaulado ante la vista de Alifanfarón que presto, avisó a su socio y enemigo Pentapolín para procesar al reo. El orgullo del sultán se abrió como una rosa lunera cuando comunicó al del Arremangado Brazo que el perseguido se hallaba en sus mazmorras.

El juicio se celebró en un barbecho de tierras rojas, ante un sol castellano que suscribiría todo lo dicho y con la presencia de los más altos jueces enviados allí desde los lugares más remotos de Oriente y Occidente. Se deliberó durante ocho días, ocho días de estudio y oración, donde se leyeron leyes antiguas, se aconsejaron castigos ejemplares y se pidieron perdones cristianos.

Y ante la algarabía de las tropas moras y cristianas se leyó la sentencia. Era la primera vez el la historia de la humanidad que dos credos distintos y dos pueblos antagónicos proclamaban al unísono una sentencia tan cruel, y así, el desdichado Miguel de Cervantes, fue condenado a perder la movilidad de su mano izquierda ya que, como confesó bajo tortura, era su mano zocata la culpable de sus escritos. Se impediría de ese modo que volviese a infamar con venenosas frases a los dos reyes deshonrados.

Y así fue como el ilustre castellano, contador de maravillas y hacedor de incomparables relatos, perdió la movilidad de su brazo izquierdo como consecuencia de osar comparar a dos conspicuos hombres con los cuerpos de unos machos merinos. Y hago este escrito para desbaratar y desterrar así todos los dislates y sandeces que a lo largo de la historia se han contado sobre el humillado brazo de don Miguel. Y suplico, desde esta mi cama del sanatorio de San José en Ciempozuelos, a todos los editores de la tierra descubierta, para que propaguen la verdad y la humanidad olvide, de una vez por todas, la estulticia sembrada a lo largo de estos siglos.

domingo, 12 de febrero de 2012


capítulo IV Melones en almíbar, (borrador )de cuando éramos más jóvenes...




     La maldita autopista y la consiguiente circunvalación que dejaba a Robledillo del Obispo a más de un kilometro de la carretera, fue la mayor tragedia que le pudo pasar a Tokio Paradise. La casona despuntaba en medio del erial donde fue construida y allí en medio de la nada, resplandecía el color de sus paredes, un fucsia vivo y recién pintado que hacía que Tokio Paradise se divisara desde el pueblo. El horizonte desde Robledillo del Obispo contaba con su presencia. De noche, y sobre todo en verano, los colores de su cartel de neón se confundían con los millones de estrellas fugaces. El nombre de TOKIO PARADISE CLUB en neón , se convirtió en un TO  PA  D  E   U , con las averías, dejadez y los fluorescentes fundidos. Hubo muchos problemas con Don Herminio, que aparte de no aprobar el negocio, mucho menos consentía que en las calurosas noches de verano, a lo lejos se divisara un Tó pa deu, un todo para dios  con recochineo.                               

      Los años de esplendor donde la fiestas con orquesta en directo, vino de Jumilla y bacalao al pil pil, dejaron paso a un mostrador con un par de quesos rancios, una barra desconchada, una moqueta descolorida y llena de quemaduras, una liebre disecada vestida de guardabosques y sobretodo,  a la figura de Romualda en bata, despeinada y con el rímel corrido. Los años de desmedida opulencia y  altos lujos, donde los muchachos descubrían los secretos de unos muslos duros, donde los borrachos eran escuchados y donde las identidades se volvían clandestinas, esos años, se añoraban como un trozo de morcilla en unas lentejas.

Romualda borraba el esmalte de sus uñas con un algodón y un botecillo de acetona. Apoyada en la barra, canturreaba mientras frotaba sus dedos blanquecinos por la acción del quitaesmalte. Se había apostado frente al ventilador y disfrutaba del frescor a la vez que canturreaba algo indescriptible. Romualda había sido una moza de órdago a la grande, una joven que quitaba el aliento y que desesperaba a los más fervientes efebos, que no dudaban en enamorarse de la más salvaje fiera en la sabana de un jergón. Los años pasaron y el esplendor de sus carnes habían dado paso a la sabiduría de su mente que no tardó en reponer sus muslos por los de dos mozuelas que recogió, hará un par de años, en un club de carretera camino de Madrid. Las instaló, las trató bien y las instruyó en el oficio de enloquecer  a los clientes y en el de ser respetadas a la vez. El negocio no iba  lo bien que ella deseaba y si no fuera por las repentinas e inesperadas visitas de algún mozo primerizo, la aparición de Casto Verdiales todos los jueves a las ocho, las juergas de Aparicio cada vez que cerraba el bar y el misterioso hombre de la máscara, Romualda ya habría cerrado Tokio Paradise. Pero el local era algo más que un bar de carretera, era el sitio donde todos contaban sus penas, exaltaban sus alegrías, celebraban sus negocios, lloraban sus desgracias, en definitiva, un puticlub. Todos dejaban paso a sus emociones salvo el misterioso hombre de la máscara. Era un personaje un poco desconcertante, llegaba a Tokio Paradise en mono de mecánico ,un verdugo de lana, guantes y unas gafas oscuras. Requería la presencia de Margarita, se aliviaba y se marchaba, eso sí pagaba con puntualidad y por servicio. Margarita nunca pudo descubrir quien era ese misterioso cliente que era un verdadero rey de la eyaculación precoz, pero al fin y al cabo era mejor, buen dinero por poco tiempo. Ella se lo imaginaba guapo y esbelto, rico , sano, atrevido  y varonil. Soñaba despierta que aquel individuo, sin cara y mal vestido, era un marqués disfrazado que se había enamorado de ella perdidamente. Y todas las noches, mientras se peinaba frente al espejo, se hablaba a sí misma como si estuviera cenando con el aristocrático personaje, simulando comportamientos decorosos y lenguajes cursis...

pobre piedra

Maurizio Cattelan, Guggenhein NY, Diciembre 2011

                                                  Betún y Cafelito  


            Hola, mi nombre es Leopoldo Gwelene Morales, que en idioma mandingo significa Leopoldo Acacia solitaria Morales. Vivo en Mesón de Paredes aquí en mi queridísimo Madrid. Cumpliré  treinta y  uno el día de todos los Santos, por eso mi madre me puso Leopoldo. Dijo que cualquier nombre valía. Estoy un poco triste. El verano acabó y creo que estoy en crisis poscanícula. Y bueno,  me apetece hablar. Mi madre es Sonia Morales natural de Ciempozuelos y es monja desde los trece años. Pertenece a una congregación misionera que opera por toda África y reparten bocadillos y gaseosas por los poblados del Senegal. Mi padre es un poderoso jefe Mandingo de un poblado cuyo nombre aún no lo sé pronunciar. Me ha prometido que cuando venga por Navidad me va a enseñar a vocalizarlo. Le espero ansioso. Se dedica a la industria de la caza. Es rico y guapo, al menos eso dice mi madre. Los dos se conocieron en África, y el flechazo fue inmediato cuando mi madre le tendió la mano con un sobre de Eno limón después de que mi padre se apretara una gacela  al vapor de un tirón.

            Mamá siempre ha sido una gran devota de la religión aunque creo que desde que conoció a mi padre su fe se ha hecho un poco evanescente. Sólo colgó los hábitos una vez,  con tan mala suerte que detrás del perchero apareció mi padre, el gran Gwma Gwelene . Desde entonces revisa la habitación antes de acostarse. Una vez , aquí en casa, antes de dormir, se encontró a Ming Chí , el del todo a cien, debajo de la cama. La cosa no cuajó, pero a mi madre le cae muy bien. No sé, me parece que están liados.

            Creo que me estoy desviando de lo verdaderamente importante : yo. En el barrio me llaman cafelito, porque soy mulato. Cuando las cojo muy gordas con mi vecino Nahim y con Harold, me cambian el nombre y me dicen carajillo. A mí no me importa porque me lo dicen con cariño. Bueno, todos menos Gutiérrez, el del Día, que se descojona de mi. Lo que pasa es que soy algo raro. La naturaleza quiso experimentar conmigo y el resultado fue algo más que curioso. Soy mulato pero sin mezclar, es decir parezco una vaca suiza. Dos colores. Y eso no me importa porque disfruto con ello y además todos en el barrio desde Tirso de Molina hasta la ronda de Valencia quieren ser mis amigos. La razón es sencilla. Las manchas de mi piel hacen multitud de dibujos y todos quieren descubrir su figura particular. En la espalda tengo una mancha tan rara que Harold dice que parece Yul Brynner en El rey y yo aunque Nahim dice que parece un glande. No sé, yo no me la veo. Pero lo que más le gusta a la gente es lo de mi cara. Una gran mancha me cubre todo un ojo parte de la frente y se pierde por una oreja. Gutiérrez dice que parezco la princesa de Éboli y mi vecino Seichenko dice que parezco un bullterrier. Pero lo que más le gusta a la hija de Mohamé, mi vecino de arriba, son mis pies, cada dedo lo tengo de un color y juntos parecen una octava y media de un piano. Es una preciosidad de niña. Está estudiando música.                                                    

           Hace apenas unos días todo el mundo me buscaba, pero ahora como se ha acabado la temporada y han cerrado la piscina ya no me viene nadie a ver. Estoy deseando que llegue el próximo verano.

            Mi padre me llama todos los jueves, parece muy contento por las cosas que me dice. Lástima que no le entienda nada. Mi madre cuando está en casa me las traduce, aunque creo que se las inventa, porque dice unas cosas muy raras. Me habla del peligro de la selva, la fauna, la variedad de colores, la preciosidad de la noche y creo que mi madre lo que hace es contarme la majestuosidad del barrio. Se cree que no me doy cuenta, pero sé que tampoco entiende el mandingo e improvisa. A mí no me la pega. Estoy aguantando en manga corta aunque estamos casi en Noviembre, ¡ me encanta tanto que la gente del barrio busque en mis manchas  dibujos e imágenes ! Eso sí, sólo en los brazos, porque paso de ir en pantalones cortos.  Esta noche he quedado con los del bloque de enfrente, hay una fiesta. Va a ir Maila una guineana que quita el sueño. Me gustaría enseñarla el Yul Brynner a ver que opinaba. Creo que me gusta. Aunque Erika la noruega está para mojar pan. A esa sí que no la entiendo ni papa. Y va para dos semanas que lleva aquí en el barrio y aún no sabe nuestro idioma, debe ser que no se aplica lo suficiente.

            Una cosa que no entiendo es por qué mi madre sigue vistiendo los hábitos. Ella intenta convencerme de que es un atuendo muy práctico pero va dando un cante que me hace pasar vergüenza. Sobre todo cuando morrea con Ming Chí en las escaleras del metro ahí en toda la plaza. Dice que ella morirá monja aunque se líe con medio Lavapiés  y que lo que le diga el Papa se lo pasa por la entrepierna. Hay que respetarla. La quiero tanto. Siempre está pendiente de mí y me ayuda a darme el Kanfort marrón por mis manchas. Porque no les he explicado bien, la naturaleza se encaprichó conmigo, me hizo de dos colores y parezco una vaca suiza, pero lo que no les he dicho es que parezco una vaca pero como la del anuncio de Milka. Sí, soy azul y blanco, pero eso me hace ser más especial. Aunque el cabrito de Gutiérrez dice que soy medio pitufo. Es un capullo, siempre hay alguien que no respeta. Les voy a tener que dejar, mi madre está a punto de llegar y me tiene que dar el betún, hay fiesta y Maila me espera...y Erika. Creo que ya no estoy triste. Les dejo que Nahim me silba desde la calle. Voy a ver que quiere. Adiós.
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