“En
un lugar de la Mancha ,
de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo de los de
lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor” El gran
Pentapolín el del Arremangado Brazo, intentó releer aquel viejo libro que llegó
a sus manos. Siempre le gustó entretenerse con relatos fantásticos y con viejas
historias la noche anterior a sus batallas, le relajaba y le inspiraban para
catapultar su destreza táctica en los momentos decisivos. Pero en aquella
ocasión cerró el libro bruscamente, sin miramientos y con violencia, descargando de entre sus
hojas el polvo e inmundicias acumuladas durante años. De súbito, con una
palmada seca y estentórea que retumbó en su tienda de campaña, requirió la
presencia de su asesor de campo que, en cuestión de segundos, se personó sumiso
ante la presencia del gran guerrero. Con la cabeza agachada y las manos
entrelazadas en su espalda escuchó la demanda del gran general, que no era otra
que la de traer ante su presencia al infame autor de aquellos injuriosos
párrafos, de aquellas líneas burlescas y mentirosas donde se comparaban a sus
valerosas huestes con unos simples
rebaños de merinas. Sus generales, caballeros, arqueros e ingenieros se
mostraban en aquel libro como simples bufones, representados por unos cientos
de ovejas polvorientas y sumisas. Su honor estaba tirado por los suelos, su
figura burlada y el nombre de su dinastía ultrajada de por vida. Resoplando,
apretando los puños y maltratando incluso a sus lebreles, vociferaba en el interior
de su tienda, reclamando la sangre del imprudente que osó compararle con un
carnero. Absorto por la ira que le brotaba por dentro, todo dejó de importarle,
hasta tal punto que incluso desatendió a su primer oficial, que por boca del
asesor de campo, le comunicaba que la caballería de Alifanfarón, el infiel que
pretendía la mano de su hija, asomaba por el horizonte de la meseta castellana.
En
nombre de Miguel de Cervantes se convirtió, desde aquel mismo segundo, en el
principal enemigo de Pentapolín y ordenó que sus hordas entraran en los pueblos
en busca de ilustrados, maestros y cualquier hombre de letras que pudiese tener
la destreza de enhebrar, con el arte de la escritura, aquellas frases
injuriosas. A su vez, su gran enemigo Alifanfarón, ilustre conductor de los
Garamantas, conoció la empresa de su adversario y presto, se interesó por aquel
libro que tan fácilmente había conseguido lo que él nunca logró en años,
desestabilizar al del Arremangado Brazo. Perplejo y sin habla se quedó el rey
de los Garamantas cuando descubrió que él mismo, el gran sultán de la Isla de la Trapobana , estaba
también sumido en las burlas y en los desmanes de aquel que, con su pluma.
abría más heridas que la más afilada de las cimitarras. Sin perder tiempo y
paralizando la inminente batalla, pidió a sus generales que concertaran una
tregua con el enemigo, había que atender primero a su honor y después continuar
con la guerra.
Amaneció
el la Mancha ,
las cigarras despertaron madrugadoras y el sol repartía amablemente los primeros
rayos tibios, las dos delegaciones se encontraron enfrentadas y mostraban,
orgullosas, las oriflamas y estandartes de sus dinastías. Pentapolín bajó
primero de un precioso corcel azabache, de hechuras bravas, cernejas largas y
crines recogidas. A continuación Alifanfarón desmontó de un majestuoso caballo
tordo, hijo de la mejor yegua de la orilla oeste del Eufrates. Ambos, caminaron
al encuentro con magnánimo aire real y, desvistiéndose de sus guantes, se
unieron en un desconfiado abrazo protegidos por las miradas de sus seguidores.
Hablaron del pérfido libro, de su autor, del desprecio con el que habían sido
tratados y juraron, cada uno en el nombre de su dios, que castigarían al tal
Cervantes y atajarían su virtud para siempre. Ya atardeciendo y después
confirmar la tregua para dar rienda suelta a la nueva empresa, las dos
caballerías se separaron dejando tan sólo los restos de la ira que en su paso
iban sembrando.
Cuatro
lunas pasaron cuando las noticias confirmaron que unos mercenarios turcos al
servicio del sultán encontraron al pobre Cervantes en la localidad de Esquivias.
Lo hallaron en una pequeña casa, desatendido y necesitado, pero manejando con
destreza su infame pluma, para conseguir, según contó, algo de carne para el puchero
diario. Encadenado y fustigado, lo llevaron enjaulado ante la vista de
Alifanfarón que presto, avisó a su socio y enemigo Pentapolín para procesar al
reo. El orgullo del sultán se abrió como una rosa lunera cuando comunicó al del
Arremangado Brazo que el perseguido se hallaba en sus mazmorras.
El
juicio se celebró en un barbecho de tierras rojas, ante un sol castellano que
suscribiría todo lo dicho y con la presencia de los más altos jueces enviados
allí desde los lugares más remotos de Oriente y Occidente. Se deliberó durante
ocho días, ocho días de estudio y oración, donde se leyeron leyes antiguas, se
aconsejaron castigos ejemplares y se pidieron perdones cristianos.
Y
ante la algarabía de las tropas moras y cristianas se leyó la sentencia. Era la
primera vez el la historia de la humanidad que dos credos distintos y dos
pueblos antagónicos proclamaban al unísono una sentencia tan cruel, y así, el
desdichado Miguel de Cervantes, fue condenado a perder la movilidad de su mano
izquierda ya que, como confesó bajo tortura, era su mano zocata la culpable de
sus escritos. Se impediría de ese modo que volviese a infamar con venenosas frases
a los dos reyes deshonrados.
Y
así fue como el ilustre castellano, contador de maravillas y hacedor de
incomparables relatos, perdió la movilidad de su brazo izquierdo como
consecuencia de osar comparar a dos conspicuos hombres con los cuerpos de unos
machos merinos. Y hago este escrito para desbaratar y desterrar así todos los
dislates y sandeces que a lo largo de la historia se han contado sobre el
humillado brazo de don Miguel. Y suplico, desde esta mi cama del sanatorio de San
José en Ciempozuelos, a todos los editores de la tierra descubierta, para que
propaguen la verdad y la humanidad olvide, de una vez por todas, la estulticia
sembrada a lo largo de estos siglos.
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