Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión, los dos hermanos se agarraban fuertemente a sus mandos y esperaban superar su tercera vuelta al mundo sin repostar. Sus pensamientos se mezclaban como un cóctel explosivo en sus cabezas y mientras apuraban la cuarta vuelta al mundo, un sonido agudo y admonitorio trajo de súbito una pérdida de potencia. Cerraron los ojos. Andrés, el pequeño, bajó del avión. Pedro del coche de bomberos…la capa de nubes aún se formaba en la churrería contigua y su próxima hazaña ahora era doblegar al pulpo gigante.
viernes, 25 de octubre de 2013
miércoles, 21 de marzo de 2012
Adrián
Un ciruelo solitario entre tierras vacías. Respira lento, no tiene prisa, ya no espera las manos de Adrián. No se encoge como cuando sentía la presencia de mi viejo amigo, ya no exclama en silencio sus quejas de poda, no lanza sus claudias maduras al suelo. Ya no escucha a escondidas nuestras conversaciones privadas, confesiones de amigos, chismorreos de estío. Ya no es el mismo sin él. Necesita sentir sus manos pelando su corteza enferma, añora su cuerpo sentado en su sombra, la humedad del hombre que le plantó, la calidez del labriego que le cuidó. Se enfada el árbol, nadie le escucha...blasfema, no entiende nada, el hombre no puede hacer esas cosas, dejó de creer en el dios de los árboles, dejó de rezar, ¿para qué? pensó. El viejo ciruelo volverá en unos meses con sus nuevas claudias, pero este año, este verano, serán un poco menos dulces.
Gracias amigo.
martes, 14 de febrero de 2012
capítulo VI ( carta a Águeda)
-El
calor apenas lo sentíamos, nuestras miradas se fijaban como dardos en el final
de la terrorífica fila que nacía en la puerta del autobús. Era un vehículo
viejo y siniestro, el motor lo arropaban dos hermosos capots de color azul que
sobresaltaban del resto de la pintura del coche, las ruedas eran enormes y las
traseras se emparejaban como siamesas, el techo era un almacén ambulante y
multitud de maletas, cestas, cajas y paquetes se amontonaban en una poco
ortodoxa baca a la que cruzaban infinidad de cuerdas. El aspecto del autobús
nos hacía sentirnos más inseguros y asustados. Todos los chiquillos sujetábamos
como tenazas las manos de nuestros padres, que con miradas lánguidas nos
susurraban palabras de aliento. La cuerda humana tejida con familias enteras
era demasiado larga y cada vez que una de ellas entregaba a sus chiquillos a
las dos monjas de la entrada, se producía un llanto estentóreo que retumbaba en
el techo de la estación de autobuses. Cuantos más llantos más se encogía la fila.
Tu madre, la tía y yo no abrimos la boca y nada más subir al autobús nos
acomodamos en los asientos finales, asientos de madera, duros como mármol. Tu
madre, Aguedita, nos sujetaba las muñecas inmovilizándonos. Tenía que cuidar de
nosotras. Mirábamos a la gente que nos despedía y sentíamos ,ya con nuestra
edad, que las miradas pueden decir mucho y ellos nos gritaban sin mover los
labios. Tus abuelos, impertérritos, se situaron debajo del cristal de nuestros
asientos y nos sonreían.
-No os
preocupéis son sólo unos días. Vuestro padre y mamá irán pronto, obedeced
siempre a Aguedita - Nos decían tras el cristal intentando hacerse entender
tras el muro trasparente de la ventanilla.
-Las
familias parecían frágiles y tristes. Los adultos hablaban entre ellos.
Aguedita nos entretenía y nos hacía decir los colores de las chaquetas de pana
de los hombres o la clase de tela de los pañuelos de las señoras, nos hacía
reír mientras veíamos a nuestros padres difuminarse tras el autobús. El camino
se hizo interminable. Sentíamos hambre y con nuestra imaginación inventábamos
deliciosos pasteles que nunca vimos e incluso sospechábamos que por su magnitud
no debían existir. El griterío asustaba. Los llantos asustaban. Las monjas
asustaban. Nunca olvidaremos ese viaje, los pocos días que nuestros padres
prometieron se convirtieron en dos años. El autobús hacía un ruido
ensordecedor, hablábamos en alto y mirábamos por la ventanilla observando el
mundo que no conocíamos. Nos impresionaba todo, señalábamos continuamente a la gente,
a las cosas, a las casas, todo era distinto a Madrid, el Madrid que nosotras
conocíamos, el barrio que nosotras pisoteábamos con nuestros juegos.
Descubrimos unos paisajes y unas personas distintas, los pueblos no se parecían
a la ciudad y nos sorprendíamos por cualquier idiotez. No veíamos vendedoras de
agua con sus botijos como las de la Plaza Mayor, ni limpiabotas enfilados en
las aceras, ni viejos con sus cuartillos de leche de madrugada. Seguramente
existirían, pero no los veíamos por los pueblos por donde pasábamos. Recuerdo
que nos quedamos heladas cuando vimos los campos de girasoles, esos verdes
jugueteando con los amarillos, esos campos de trigo, esos jóvenes en el campo,
como barcos en un mar de oro, esos carros flotando en el amarillo del centeno,
esas muchachas mimando las vides. Sí, Servando sí, cuando descubrimos esos
campos inmensos nos quedamos calladas, jamás habíamos sentido una sensación de
enormidad como con aquellos benditos campos. Pronto nos hartaríamos, la verdad,
ya que el campo para trabajar es como un veneno que te corroe sin darte cuenta.
Tu madre trabajó dos años pero el dichoso campo la curtió como el cuero de una
ternera. Pura y yo nos libramos. Pura era demasiado pequeña y no la llevaban a
las viñas aunque con sus seis años cuidaba de las ocas, todas las mañanas las
sacaba a corretear por los campos y las recogía al mediodía. Y yo de pura pava
que era, sólo me dejaban coser, pero ya te digo que si cosía, todas las labores
de costura eran para la sosa de Flora, pero a mí no me importaba, me libraba
del resto de las labores que no eran pocas. Cosía las cortinas, los manteles,
los vestidos, enaguas, calcetines, gorros, hacía gorros de punto, también
jerseys y lo más difícil, hacía guantes de lana, eso precisaba de una técnica
especial y mi fama de costurera traspasó límites. Pero lo que más me gustaba
era bordar las camisas de Fabián, eso era como subir al cielo. El olor de sus
camisas, nunca lo he olvidado. Yo tenía diez años por entonces, pero todas las
niñas suspirábamos por el amor de Fabián. Era la alegría de la granja, el
motor, la dulzura, la fuerza, el símbolo de la granja. Era el motivo de vivir
de Doña Elvira y de Don Gaspar. Adoraban a su hijo, lo idolatraban, lo colmaban
de atenciones. Y así pasó, cuando se fue al frente, maldita guerra, aquel
esplendor, aquella manera de respirar desapareció. La vida de la granja se
resquebrajó y nunca, nunca volvió a ser la misma casa. Hasta las cosechas
parecían estar tristes. Fueron las peores temporadas y las aceitunas, ese maldito
Enero, fueron más pequeñas que nunca. Se acabó el plato de aceitunas en la mesa
de la cocina, se difuminaron las rosas luneras que Fabián colocaba en los
jarrones de la casa, se apagó la luz que iluminaba el cielo de esa preciosa
granja. El frente se llevó todo, el brillo de nuestros ojos, el color de
nuestras mejillas, la dulzura de nuestros labios. Pero bueno, a lo que íbamos,
pasamos más de diez horas para recorrer medio camino y las monjas de San
Vicente Paul nos hicieron bajar del autobús, no me preguntes donde porque no
tengo ni idea. Estiramos la piernas, Aguedita nos masajeaba y Pura no paraba de
llorar. Estábamos solas, incomprensiblemente para las tres habíamos descubierto
los campos de girasoles junto con la soledad, la soledad compartida con la
indefensión. Nuestra innutrida mente se acongojaba con la experiencia mas
inoportuna e inexplicable de nuestras cortas vidas. Tu madre nos recogía en sus
brazos. Sentadas las tres en una piedra nos protegía con sus torneados y
cálidos brazos, nos besaba el pelo, nos secaba las lágrimas con su camisola
verde, verde como las vides que contemplábamos desde la dura piedra. Nos
hablaba, Águeda siempre nos hablaba, nos susurraba, primero a una y luego a
otra, nos engañaba sutilmente con mentiras tan piadosas como nuestra cabezas de
niñas podían comprender. Las lágrimas de Pura se transformaban en risotadas y
de pronto, nos convertíamos en tres niñas desvergonzadas riéndonos de las cosas
más absurdas, de la gorra de un granjero, de la nariz del conductor del autobús
o del estúpido tocado de las monjas (auténticas carceleras de ese presidio), de
ese viaje al destierro, destierro de sueños, de amigos, de patios, de pizarras,
de amores. ¿Qué nos depararía el futuro ? No sabíamos nada, si besaríamos
a nuestros padres de nuevo o si aquella imagen tras el cristal del autobús en
la estación sería el marco perfecto, la foto vieja, el recuerdo de nuestros
cansados padres. Te aseguro y puedo jurarte que con mis diez años tenía la
aflicción y el desencanto de un adulto. Pura sólo sentía hambre y miedo, Águeda
nunca supe si sentía algo. Ella era la rabia, la lucha , nuestra protección, y
no se podía permitir lujos de sentimientos desanimosos. Más tarde continuamos
el camino a no sabíamos donde, anochecía y la luna de Julio nos acompañó en un
asiento imaginario tras la ventanilla. Aquella tartana era mas bien un tranvía,
porque te juro que aquel viaje duró unas interminables horas, un suplicio que
se acrecentaba con el pasar del tiempo. No sentíamos las piernas y Purita comenzó
a llorar escandalosamente e histérica, como si un ataque le hubiera despertado
de su incómodo sueño. Las monjas nos amonestaron y nos aconsejaron unos
preceptos tan rigurosos como aburridos y al poco tiempo, gracias a todos los
santos, llegamos a nuestra tierra prometida. Habíamos pasado toda la noche
viajando y la mayoría de los niños nos dormimos a pesar del suplicio de los
dichosos asientos de madera. Nos despertó una monja, la más vieja y grosera,
con unas palmadas. El autobús cobró vida y como si de un letargo se tratara
comenzamos a mirar curiosamente, bostezando, estirándonos y arreglándonos
nuestros viejos vestidos y blusas. Águeda amoldaba sus dedos en nuestras
muñecas. Sus manos como grilletes nos
sujetaban fuertemente nuestras pequeñas muñecas.
-Vosotras
no me soltéis por nada del mundo, ¿entendido ? -Asentíamos con la cabeza.
Pura no sabía ni a qué estaba respondiendo pero asentía.
-Bajamos
con mucho cuidado por las escaleras de la tartana, con dificultad porque
estábamos unidas con nuestras manos, tu madre nos hacía daño, nos apretaba con
fuerza, con tanta fuerza que temblaban sus brazos. Mi mirada buscó sus ojos y
comprendí que Águeda también tenía miedo, también mostró la debilidad que
ocultaba desde el principio. Tenía un miedo espantoso a que nos separaran, a
que su protección se esfumara en aquella plazuela de pueblo. Nos reunieron a
todos los chiquillos en el centro de la plaza. Unos señores ataviados con
trajes hablaban distendidamente con las monjas y con el conductor del autobús. De
vez en cuando señalaban impersonalmente al grupo y con el dedo contaban como
haciendo apartados. Los vecinos del pueblo nos miraban, hablaban entre ellos,
también nos señalaban y luego se palmeaban el pecho como adjudicándose niños.
Daba la impresión de que aquello era una rifa y que nosotras no íbamos juntas
en el premio gordo.
Pasamos
unos momentos inciertos. Los niños se iban marchando con personas desconocidas,
sus rostros eran de perplejidad y yo diría que de miedo. Más tarde comprendimos
que nos dirigíamos al sosiego, a la paz, al pan, sobre todo a eso, al pan que
en Madrid no había. Sí hijo, sí, no nos marchamos de la capital por los
bombardeos como pensábamos, nos marchamos porque el hambre era uno más de
nuestras familias. No sabíamos de alzamientos ni de repúblicas. A nuestra edad,
sabíamos de comidas y cenas y nada más. Tus abuelos como todos los padres de
entonces nos mandaron a comer, lejos de sus faldas, pero al fin y al cabo
camino de la pitanza diaria.
Una
monja se aproximó cautelosa a nosotras que, después de un par de horas,
continuábamos unidas por nuestras manos. Se dirigió a Aguedita que se la veía
mayor y le dijo que si éramos hermanas. Águeda movió la cabeza afirmando y sus
ojos no pestañeaban.
Y si vienes buscando paraísos
Creo que te has equivocado
Las calles sucias no son de mármol blanco
Y los puños se hunden en estómagos vacíos
Unas vírgenes putas me esperan todas las tardes
Me maquillo en este lado de mi locura
Para viajar de noche en mi coche dorado
Para sentir de una vez si sirvo para algo
¿Tú navegas empalmado en lo alto de mi barco?
Preferiría no saber tu triste respuesta
Simplemente me pareces un animal encadenado
De los que se comen las heces de los otros condenados
Me esperan mis vírgenes putas en el otro lado
Puedes venir si quieres porque te siento muerto
Te dejaré conducir un rato con los ojos vendados
Y te correrás con el viejo cóctel de placer y miedo
Si te sientes un estúpido es porque eres un estúpido
Magúllate esa cara de acabado para no reconocerte
No es justo que desprecies así a un espejo inocente
Y quítate esa camisa verde, ya no hay esperanza
Si vienes buscando el infierno
Yo te llevaré de la mano
No hay salida para los hijos paridos en vertederos
No reces más, no ves que no te está escuchando nadie
Seguro que alguna vez has soñado despierto
Y te veías vestido de blanco y borracho
Aprenderás a no cometer esos errores
Cuando sepas que soñar es de ricos
Ven despacio, esto es una muerte segura
Hay algún terremoto en la calle de al lado
Nos meteremos debajo de algún nido de leopardo
Nos marcharemos después de ser aplastados.
Chopping Tools-eldelacande- 2006
El barro de
tus zapatos es espeso y rojo fuego
De dónde vienes a estas horas, tu vestido huele a humo
¿Has buscado el sonido de las hojas azuzadas por el viento
O has mojado tus manos con las aguas de las tormentas?
Tu pelo largo y azul trae flores amarillas enredadas
Y tu piel morena las marcas de sábanas planchadas y limpias
Has estado fuera mucho tiempo
Pero ahora vienes cuando más te necesito
Igual que las flores brotan en los suelos pedregosos
Tú apareces entre espesas nieblas y violentas tormentas
No traes las maletas llenas, ni regalos, ni ropa de abrigo
De nuevo vienes para un suspiro, para no quedarte
Tu olor se ubicará de nuevo en la alcoba grande
Entre los paños bordados, en los pañuelos y en el ambiente
Volarás cuando venga el frío otra vez del norte
Cuando amaine la tormenta que me dejó varado
Has estado fuera mucho tiempo
Y ahora vienes cuando más te necesito
Cuando escuchas a lo lejos mi llanto desesperado
Cuando ves mis ojos perdidos y el pequeño espejo lleno de polvo
No eres de aquí y los dos lo sabemos
Las tierras rojas y las candelas te llaman
Eres de donde las hojas cantan azuzadas por el viento
De donde las lluvias mojan esas manos tan delicadas
Vuelve para enredar ese pelo azul con flores amarillas
Para dormir entre linos blancos perfumados
Has estado fuera mucho tiempo
Y ahora vienes cuando más te necesito
Cuando escuchas que te llamo desesperado
Cuando mi vida quiere saltar al otro lado
Yo esperaré sentado a que mis gritos te traigan
Como el mar trae los restos de un naufragio
Aguardaré mirando desde el balcón el horizonte
Esperando a que amaine el viento y la lluvia
Ese aire y esas aguas, esos vientos y esas lluvias
Que hacen susurrar las hojas y humedecer tus manos
Has estado fuera mucho tiempo
Y ahora vienes cuando más te necesito
Cuando la noche me esconde con su capa oscura
Cuando mi nariz sangra mientras estoy dormido
Ese aire y esas aguas, esos vientos y esas lluvias
Que me traen tu aroma y el agua en las líneas de tus manos
Dormiré tranquilo si tu recuerdo me deja
Cerraré los ojos aunque te siga viendo
Estaré tranquilo pues sé que estás alerta
Que me vigilas muy de cerca
Eldelacande 2005
lunes, 13 de febrero de 2012
El extraño caso del asesino asesinado. Mi nombre es Monty...Sor...Monty...
Siempre le produjo un
placer indescriptible notar el frío metal de unas tijeras rozándole el cuello,
perfilando sus patillas o notando como paseaban por su frente recortando un
flequillo revoltoso. Placer en el sonido embriagador del tintineo de la hojas,
en el roce de los dedales, en los bordes helados. El frío metal contra la carne
caliente, el contacto de un objeto cortante y
peligroso contra una piel finísima, el bien y el mal, el dolor y el
placer, dios y el demonio, los contrarios complementándose, el equilibrio…Pero
en esta ocasión el frío metal pegado en la sien sólo le provocaba un vacío, una
angustia, arcadas de bilis de miedo. Miles de historias pasaron por su cabeza,
revoloteando, desordenadas, ambiguas. Miedo. Rabia. Era puta mala suerte que un
imbécil ignorante sostuviese una pistola sin titubear, mofándose de sus
temblores, de sus excrementos esparcidos por el suelo, del olor a orín, de sus
súplicas. Sus ojos apretados y sus lágrimas no soportaban aquel estado. Aquel
patíbulo en el que se había convertido aquella alcoba estaba dispuesto. Sólo le
quedaba esperar, con los dientes apretados, con el cuello encogido y las manos
en la espalda, de rodillas como un devoto, como un suplicante, como un reo.
Sólo un estruendo, el sonido estentóreo de una detonación acabaría con aquello,
la muerte le husmeaba, le llamaba, le bendecía. Y el trueno estalló. Y un ruido
ensordecedor, y el olor a humo y a sangre vino de súbito.
Un interior a oscuras, un
vacío azulado, un sonido monótono, inarmónico, simple, espeluznante, con
vaivenes de frecuencias, de intensidades. El sonido de Hades, la humedad de la
laguna, la mano del barquero y la amargura de óbolo, la nada. Desdicha, un paso
mal dado, una lluvia de cuchillos, el aliento sin aire, la expiración.
2.- Hacía
frío en el claustro, el otoño había abierto los armarios y los jerséis de lana
y los baratos forros polares del Decathlon daban un poco de color a los oscuros
hábitos de las monjas cartujas. El
desayuno a esas horas tan intempestivas era como avivar unas ascuas en el
estómago, además de despejar la mente, desentumecer los músculos y quitar el
hambre.
Sor María de las Montañas, Monty
desde hacía años, llevaba cincuenta años dedicada a la contemplación, al rezo y
a las duras tareas de la abadía. No progresó, no tuvo nunca la idea de
convertirse en alguien importante, sólo le gustaba hacer sudokus, beber vino y
ver a las novicias desnudas. Estaba allí por convicción, sabía que era una
buena vida, comida caliente, estudio y paseos por los huertos. La vida la
enseñó los dientes desde muy pequeña y la posguerra hizo el resto. Se conformó
con reposar la comida, leer la vida de los santos y descuartizar pollos en la
cocina en vez de salir a trabajar a las seis de la mañana, hacer colas en los
racionamientos y tiritar en las húmedas camas los meses de invierno. La
contienda civil dejó algunas deficiencias nutritivas. La inteligencia de animal y el instinto humano
para sobrevivir convirtieron sus harapos en hábito cartujo. Ya ni recordaba sus
primeros años en el convento, había pasado mucho tiempo y ya, a sus ochenta y seis febreros, sólo le
preocupaba tener vino en los bajos de su mesilla. Era la típica veterana,
postrada en su sillón de enea y eternamente somnolienta, que velaba en las
calientes cocinas los inviernos y en los frescos claustros los veranos.
Esperaba, tranquila y gorda como un cebón, a que le llegara su día.
El estío marchó hace algunas semanas
y el otoño se hacía un hueco a codazos en el valle. Monty notó que alguien
zarandeaba su brazo intentando despertarla del sueñecito en el que se había
sumido antes de la comida. Estaba
sentada en un butacón en la cocina, al olor del puchero humeante y del
calor de las llamas. Aunque aún el tiempo respetaba los huesos viejos, se
agradecía el calor de la lumbre, lo que le provocaba una dormidera agradable y
reconstituyente. Con voz cansina y los ojos vidriosos exhortó a la joven
novicia que la sujetaba del antebrazo a que la dejara en paz. Pero en cuanto la
escucho que tenía visita, agradeció la ayuda que le prestó para levantarse, a
la vez que palmeaba su hábito para adecentarse. Caminó con dificultad por los
pasillos de la abadía intentando llegar lo antes posible a la salita habilitada
para encontrarse con gente de fuera. La clausura era rígida en esas cuestiones
y sólo se permitían dos visitas al año, aunque tratándose de Monty la cosa se
podía hacer más flexible. Era una de las más antiguas, de hecho, había sido una
de las monjas primigenias de aquel convento, el primero de monjas cartujas que
se hizo en España. Antes había estado dando tumbos por Italia en conventos
repartidos por la Toscana
y el Piamonte hasta acabar en Santa María de Benifassá en los años setenta. Y
ahora, después de pasar posguerras, dictaduras, transiciones y demás momentos,
la única política en su vida era contemplar la vida, como el bueno de San Bruno
le había enseñado.
Caminó agarrada del brazo de la
novicia, salió de la cocina y en un instante recorrió los treinta y seis metros
del lateral del claustro, pues la visita le proporcionaba una subida de
adrenalina ya casi olvidada. Ya no se detenía a observar las columnas ni sus
capiteles del claustro como cuando llegó, ahora no los hacía ni el menor caso,
ya no despertaban su interés y sólo comentaba de vez en cuando la degradación
de alguna columna o la suciedad de algún capitel de motivos florales. Eran
otros tiempos, el convento se había convertido en parte de ella. Conocía todos
sus rincones, sus pasos secretos, sus capillas, sus estancias, las celdas,
todo, hasta los agujeros de los ratones. La novicia descerrajó un pesado
cerrojo de bronce y ayudó a Monty a cruzar el umbral de la puerta que unía el
patio con la sala de visitas, despidió a su acompañante y se quedó observando a
la figura que detrás de la celosía de cerezo la esperaba.
-¡Ya
era hora! Gruñó, acercándose despacio...
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