martes, 14 de febrero de 2012


capítulo VI ( carta a Águeda)



            -El calor apenas lo sentíamos, nuestras miradas se fijaban como dardos en el final de la terrorífica fila que nacía en la puerta del autobús. Era un vehículo viejo y siniestro, el motor lo arropaban dos hermosos capots de color azul que sobresaltaban del resto de la pintura del coche, las ruedas eran enormes y las traseras se emparejaban como siamesas, el techo era un almacén ambulante y multitud de maletas, cestas, cajas y paquetes se amontonaban en una poco ortodoxa baca a la que cruzaban infinidad de cuerdas. El aspecto del autobús nos hacía sentirnos más inseguros y asustados. Todos los chiquillos sujetábamos como tenazas las manos de nuestros padres, que con miradas lánguidas nos susurraban palabras de aliento. La cuerda humana tejida con familias enteras era demasiado larga y cada vez que una de ellas entregaba a sus chiquillos a las dos monjas de la entrada, se producía un llanto estentóreo que retumbaba en el techo de la estación de autobuses. Cuantos más llantos más se encogía la fila. Tu madre, la tía y yo no abrimos la boca y nada más subir al autobús nos acomodamos en los asientos finales, asientos de madera, duros como mármol. Tu madre, Aguedita, nos sujetaba las muñecas inmovilizándonos. Tenía que cuidar de nosotras. Mirábamos a la gente que nos despedía y sentíamos ,ya con nuestra edad, que las miradas pueden decir mucho y ellos nos gritaban sin mover los labios. Tus abuelos, impertérritos, se situaron debajo del cristal de nuestros asientos y nos sonreían.



            -No os preocupéis son sólo unos días. Vuestro padre y mamá irán pronto, obedeced siempre a Aguedita - Nos decían tras el cristal intentando hacerse entender tras el muro trasparente de la ventanilla.



            -Las familias parecían frágiles y tristes. Los adultos hablaban entre ellos. Aguedita nos entretenía y nos hacía decir los colores de las chaquetas de pana de los hombres o la clase de tela de los pañuelos de las señoras, nos hacía reír mientras veíamos a nuestros padres difuminarse tras el autobús. El camino se hizo interminable. Sentíamos hambre y con nuestra imaginación inventábamos deliciosos pasteles que nunca vimos e incluso sospechábamos que por su magnitud no debían existir. El griterío asustaba. Los llantos asustaban. Las monjas asustaban. Nunca olvidaremos ese viaje, los pocos días que nuestros padres prometieron se convirtieron en dos años. El autobús hacía un ruido ensordecedor, hablábamos en alto y mirábamos por la ventanilla observando el mundo que no conocíamos. Nos impresionaba todo, señalábamos continuamente a la gente, a las cosas, a las casas, todo era distinto a Madrid, el Madrid que nosotras conocíamos, el barrio que nosotras pisoteábamos con nuestros juegos. Descubrimos unos paisajes y unas personas distintas, los pueblos no se parecían a la ciudad y nos sorprendíamos por cualquier idiotez. No veíamos vendedoras de agua con sus botijos como las de la Plaza Mayor, ni limpiabotas enfilados en las aceras, ni viejos con sus cuartillos de leche de madrugada. Seguramente existirían, pero no los veíamos por los pueblos por donde pasábamos. Recuerdo que nos quedamos heladas cuando vimos los campos de girasoles, esos verdes jugueteando con los amarillos, esos campos de trigo, esos jóvenes en el campo, como barcos en un mar de oro, esos carros flotando en el amarillo del centeno, esas muchachas mimando las vides. Sí, Servando sí, cuando descubrimos esos campos inmensos nos quedamos calladas, jamás habíamos sentido una sensación de enormidad como con aquellos benditos campos. Pronto nos hartaríamos, la verdad, ya que el campo para trabajar es como un veneno que te corroe sin darte cuenta. Tu madre trabajó dos años pero el dichoso campo la curtió como el cuero de una ternera. Pura y yo nos libramos. Pura era demasiado pequeña y no la llevaban a las viñas aunque con sus seis años cuidaba de las ocas, todas las mañanas las sacaba a corretear por los campos y las recogía al mediodía. Y yo de pura pava que era, sólo me dejaban coser, pero ya te digo que si cosía, todas las labores de costura eran para la sosa de Flora, pero a mí no me importaba, me libraba del resto de las labores que no eran pocas. Cosía las cortinas, los manteles, los vestidos, enaguas, calcetines, gorros, hacía gorros de punto, también jerseys y lo más difícil, hacía guantes de lana, eso precisaba de una técnica especial y mi fama de costurera traspasó límites. Pero lo que más me gustaba era bordar las camisas de Fabián, eso era como subir al cielo. El olor de sus camisas, nunca lo he olvidado. Yo tenía diez años por entonces, pero todas las niñas suspirábamos por el amor de Fabián. Era la alegría de la granja, el motor, la dulzura, la fuerza, el símbolo de la granja. Era el motivo de vivir de Doña Elvira y de Don Gaspar. Adoraban a su hijo, lo idolatraban, lo colmaban de atenciones. Y así pasó, cuando se fue al frente, maldita guerra, aquel esplendor, aquella manera de respirar desapareció. La vida de la granja se resquebrajó y nunca, nunca volvió a ser la misma casa. Hasta las cosechas parecían estar tristes. Fueron las peores temporadas y las aceitunas, ese maldito Enero, fueron más pequeñas que nunca. Se acabó el plato de aceitunas en la mesa de la cocina, se difuminaron las rosas luneras que Fabián colocaba en los jarrones de la casa, se apagó la luz que iluminaba el cielo de esa preciosa granja. El frente se llevó todo, el brillo de nuestros ojos, el color de nuestras mejillas, la dulzura de nuestros labios. Pero bueno, a lo que íbamos, pasamos más de diez horas para recorrer medio camino y las monjas de San Vicente Paul nos hicieron bajar del autobús, no me preguntes donde porque no tengo ni idea. Estiramos la piernas, Aguedita nos masajeaba y Pura no paraba de llorar. Estábamos solas, incomprensiblemente para las tres habíamos descubierto los campos de girasoles junto con la soledad, la soledad compartida con la indefensión. Nuestra innutrida mente se acongojaba con la experiencia mas inoportuna e inexplicable de nuestras cortas vidas. Tu madre nos recogía en sus brazos. Sentadas las tres en una piedra nos protegía con sus torneados y cálidos brazos, nos besaba el pelo, nos secaba las lágrimas con su camisola verde, verde como las vides que contemplábamos desde la dura piedra. Nos hablaba, Águeda siempre nos hablaba, nos susurraba, primero a una y luego a otra, nos engañaba sutilmente con mentiras tan piadosas como nuestra cabezas de niñas podían comprender. Las lágrimas de Pura se transformaban en risotadas y de pronto, nos convertíamos en tres niñas desvergonzadas riéndonos de las cosas más absurdas, de la gorra de un granjero, de la nariz del conductor del autobús o del estúpido tocado de las monjas (auténticas carceleras de ese presidio), de ese viaje al destierro, destierro de sueños, de amigos, de patios, de pizarras, de amores. ¿Qué nos depararía el futuro ? No sabíamos nada, si besaríamos a nuestros padres de nuevo o si aquella imagen tras el cristal del autobús en la estación sería el marco perfecto, la foto vieja, el recuerdo de nuestros cansados padres. Te aseguro y puedo jurarte que con mis diez años tenía la aflicción y el desencanto de un adulto. Pura sólo sentía hambre y miedo, Águeda nunca supe si sentía algo. Ella era la rabia, la lucha , nuestra protección, y no se podía permitir lujos de sentimientos desanimosos. Más tarde continuamos el camino a no sabíamos donde, anochecía y la luna de Julio nos acompañó en un asiento imaginario tras la ventanilla. Aquella tartana era mas bien un tranvía, porque te juro que aquel viaje duró unas interminables horas, un suplicio que se acrecentaba con el pasar del tiempo. No sentíamos las piernas y Purita comenzó a llorar escandalosamente e histérica, como si un ataque le hubiera despertado de su incómodo sueño. Las monjas nos amonestaron y nos aconsejaron unos preceptos tan rigurosos como aburridos y al poco tiempo, gracias a todos los santos, llegamos a nuestra tierra prometida. Habíamos pasado toda la noche viajando y la mayoría de los niños nos dormimos a pesar del suplicio de los dichosos asientos de madera. Nos despertó una monja, la más vieja y grosera, con unas palmadas. El autobús cobró vida y como si de un letargo se tratara comenzamos a mirar curiosamente, bostezando, estirándonos y arreglándonos nuestros viejos vestidos y blusas. Águeda amoldaba sus dedos en nuestras muñecas.  Sus manos como grilletes nos sujetaban fuertemente nuestras pequeñas muñecas.



            -Vosotras no me soltéis por nada del mundo, ¿entendido ? -Asentíamos con la cabeza. Pura no sabía ni a qué estaba respondiendo pero asentía.



            -Bajamos con mucho cuidado por las escaleras de la tartana, con dificultad porque estábamos unidas con nuestras manos, tu madre nos hacía daño, nos apretaba con fuerza, con tanta fuerza que temblaban sus brazos. Mi mirada buscó sus ojos y comprendí que Águeda también tenía miedo, también mostró la debilidad que ocultaba desde el principio. Tenía un miedo espantoso a que nos separaran, a que su protección se esfumara en aquella plazuela de pueblo. Nos reunieron a todos los chiquillos en el centro de la plaza. Unos señores ataviados con trajes hablaban distendidamente con las monjas y con el conductor del autobús. De vez en cuando señalaban impersonalmente al grupo y con el dedo contaban como haciendo apartados. Los vecinos del pueblo nos miraban, hablaban entre ellos, también nos señalaban y luego se palmeaban el pecho como adjudicándose niños. Daba la impresión de que aquello era una rifa y que nosotras no íbamos juntas en el premio gordo.



            Pasamos unos momentos inciertos. Los niños se iban marchando con personas desconocidas, sus rostros eran de perplejidad y yo diría que de miedo. Más tarde comprendimos que nos dirigíamos al sosiego, a la paz, al pan, sobre todo a eso, al pan que en Madrid no había. Sí hijo, sí, no nos marchamos de la capital por los bombardeos como pensábamos, nos marchamos porque el hambre era uno más de nuestras familias. No sabíamos de alzamientos ni de repúblicas. A nuestra edad, sabíamos de comidas y cenas y nada más. Tus abuelos como todos los padres de entonces nos mandaron a comer, lejos de sus faldas, pero al fin y al cabo camino de la pitanza diaria.



            Una monja se aproximó cautelosa a nosotras que, después de un par de horas, continuábamos unidas por nuestras manos. Se dirigió a Aguedita que se la veía mayor y le dijo que si éramos hermanas. Águeda movió la cabeza afirmando y sus ojos no pestañeaban.

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