lunes, 13 de febrero de 2012


 El extraño caso del asesino asesinado. Mi nombre es Monty...Sor...Monty...

Siempre le produjo un placer indescriptible notar el frío metal de unas tijeras rozándole el cuello, perfilando sus patillas o notando como paseaban por su frente recortando un flequillo revoltoso. Placer en el sonido embriagador del tintineo de la hojas, en el roce de los dedales, en los bordes helados. El frío metal contra la carne caliente, el contacto de un objeto cortante y  peligroso contra una piel finísima, el bien y el mal, el dolor y el placer, dios y el demonio, los contrarios complementándose, el equilibrio…Pero en esta ocasión el frío metal pegado en la sien sólo le provocaba un vacío, una angustia, arcadas de bilis de miedo. Miles de historias pasaron por su cabeza, revoloteando, desordenadas, ambiguas. Miedo. Rabia. Era puta mala suerte que un imbécil ignorante sostuviese una pistola sin titubear, mofándose de sus temblores, de sus excrementos esparcidos por el suelo, del olor a orín, de sus súplicas. Sus ojos apretados y sus lágrimas no soportaban aquel estado. Aquel patíbulo en el que se había convertido aquella alcoba estaba dispuesto. Sólo le quedaba esperar, con los dientes apretados, con el cuello encogido y las manos en la espalda, de rodillas como un devoto, como un suplicante, como un reo. Sólo un estruendo, el sonido estentóreo de una detonación acabaría con aquello, la muerte le husmeaba, le llamaba, le bendecía. Y el trueno estalló. Y un ruido ensordecedor, y el olor a humo y a sangre vino de súbito.

Un interior a oscuras, un vacío azulado, un sonido monótono, inarmónico, simple, espeluznante, con vaivenes de frecuencias, de intensidades. El sonido de Hades, la humedad de la laguna, la mano del barquero y la amargura de óbolo, la nada. Desdicha, un paso mal dado, una lluvia de cuchillos, el aliento sin aire, la expiración.

2.-     Hacía frío en el claustro, el otoño había abierto los armarios y los jerséis de lana y los baratos forros polares del Decathlon daban un poco de color a los oscuros  hábitos de las monjas cartujas. El desayuno a esas horas tan intempestivas era como avivar unas ascuas en el estómago, además de despejar la mente, desentumecer los músculos y quitar el hambre.

Sor María de las Montañas, Monty desde hacía años, llevaba cincuenta años dedicada a la contemplación, al rezo y a las duras tareas de la abadía. No progresó, no tuvo nunca la idea de convertirse en alguien importante, sólo le gustaba hacer sudokus, beber vino y ver a las novicias desnudas. Estaba allí por convicción, sabía que era una buena vida, comida caliente, estudio y paseos por los huertos. La vida la enseñó los dientes desde muy pequeña y la posguerra hizo el resto. Se conformó con reposar la comida, leer la vida de los santos y descuartizar pollos en la cocina en vez de salir a trabajar a las seis de la mañana, hacer colas en los racionamientos y tiritar en las húmedas camas los meses de invierno. La contienda civil dejó algunas deficiencias nutritivas. La  inteligencia de animal y el instinto humano para sobrevivir convirtieron sus harapos en hábito cartujo. Ya ni recordaba sus primeros años en el convento, había pasado mucho tiempo y ya,  a sus ochenta y seis febreros, sólo le preocupaba tener vino en los bajos de su mesilla. Era la típica veterana, postrada en su sillón de enea y eternamente somnolienta, que velaba en las calientes cocinas los inviernos y en los frescos claustros los veranos. Esperaba, tranquila y gorda como un cebón, a que le llegara su día.

El estío marchó hace algunas semanas y el otoño se hacía un hueco a codazos en el valle. Monty notó que alguien zarandeaba su brazo intentando despertarla del sueñecito en el que se había sumido antes de la comida. Estaba  sentada en un butacón en la cocina, al olor del puchero humeante y del calor de las llamas. Aunque aún el tiempo respetaba los huesos viejos, se agradecía el calor de la lumbre, lo que le provocaba una dormidera agradable y reconstituyente. Con voz cansina y los ojos vidriosos exhortó a la joven novicia que la sujetaba del antebrazo a que la dejara en paz. Pero en cuanto la escucho que tenía visita, agradeció la ayuda que le prestó para levantarse, a la vez que palmeaba su hábito para adecentarse. Caminó con dificultad por los pasillos de la abadía intentando llegar lo antes posible a la salita habilitada para encontrarse con gente de fuera. La clausura era rígida en esas cuestiones y sólo se permitían dos visitas al año, aunque tratándose de Monty la cosa se podía hacer más flexible. Era una de las más antiguas, de hecho, había sido una de las monjas primigenias de aquel convento, el primero de monjas cartujas que se hizo en España. Antes había estado dando tumbos por Italia en conventos repartidos por la Toscana y el Piamonte hasta acabar en Santa María de Benifassá en los años setenta. Y ahora, después de pasar posguerras, dictaduras, transiciones y demás momentos, la única política en su vida era contemplar la vida, como el bueno de San Bruno le había enseñado.

Caminó agarrada del brazo de la novicia, salió de la cocina y en un instante recorrió los treinta y seis metros del lateral del claustro, pues la visita le proporcionaba una subida de adrenalina ya casi olvidada. Ya no se detenía a observar las columnas ni sus capiteles del claustro como cuando llegó, ahora no los hacía ni el menor caso, ya no despertaban su interés y sólo comentaba de vez en cuando la degradación de alguna columna o la suciedad de algún capitel de motivos florales. Eran otros tiempos, el convento se había convertido en parte de ella. Conocía todos sus rincones, sus pasos secretos, sus capillas, sus estancias, las celdas, todo, hasta los agujeros de los ratones. La novicia descerrajó un pesado cerrojo de bronce y ayudó a Monty a cruzar el umbral de la puerta que unía el patio con la sala de visitas, despidió a su acompañante y se quedó observando a la figura que detrás de la celosía de cerezo la esperaba.

         -¡Ya era hora! Gruñó, acercándose despacio...

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