El extraño caso del asesino asesinado. Mi nombre es Monty...Sor...Monty...
Siempre le produjo un
placer indescriptible notar el frío metal de unas tijeras rozándole el cuello,
perfilando sus patillas o notando como paseaban por su frente recortando un
flequillo revoltoso. Placer en el sonido embriagador del tintineo de la hojas,
en el roce de los dedales, en los bordes helados. El frío metal contra la carne
caliente, el contacto de un objeto cortante y
peligroso contra una piel finísima, el bien y el mal, el dolor y el
placer, dios y el demonio, los contrarios complementándose, el equilibrio…Pero
en esta ocasión el frío metal pegado en la sien sólo le provocaba un vacío, una
angustia, arcadas de bilis de miedo. Miles de historias pasaron por su cabeza,
revoloteando, desordenadas, ambiguas. Miedo. Rabia. Era puta mala suerte que un
imbécil ignorante sostuviese una pistola sin titubear, mofándose de sus
temblores, de sus excrementos esparcidos por el suelo, del olor a orín, de sus
súplicas. Sus ojos apretados y sus lágrimas no soportaban aquel estado. Aquel
patíbulo en el que se había convertido aquella alcoba estaba dispuesto. Sólo le
quedaba esperar, con los dientes apretados, con el cuello encogido y las manos
en la espalda, de rodillas como un devoto, como un suplicante, como un reo.
Sólo un estruendo, el sonido estentóreo de una detonación acabaría con aquello,
la muerte le husmeaba, le llamaba, le bendecía. Y el trueno estalló. Y un ruido
ensordecedor, y el olor a humo y a sangre vino de súbito.
Un interior a oscuras, un
vacío azulado, un sonido monótono, inarmónico, simple, espeluznante, con
vaivenes de frecuencias, de intensidades. El sonido de Hades, la humedad de la
laguna, la mano del barquero y la amargura de óbolo, la nada. Desdicha, un paso
mal dado, una lluvia de cuchillos, el aliento sin aire, la expiración.
2.- Hacía
frío en el claustro, el otoño había abierto los armarios y los jerséis de lana
y los baratos forros polares del Decathlon daban un poco de color a los oscuros
hábitos de las monjas cartujas. El
desayuno a esas horas tan intempestivas era como avivar unas ascuas en el
estómago, además de despejar la mente, desentumecer los músculos y quitar el
hambre.
Sor María de las Montañas, Monty
desde hacía años, llevaba cincuenta años dedicada a la contemplación, al rezo y
a las duras tareas de la abadía. No progresó, no tuvo nunca la idea de
convertirse en alguien importante, sólo le gustaba hacer sudokus, beber vino y
ver a las novicias desnudas. Estaba allí por convicción, sabía que era una
buena vida, comida caliente, estudio y paseos por los huertos. La vida la
enseñó los dientes desde muy pequeña y la posguerra hizo el resto. Se conformó
con reposar la comida, leer la vida de los santos y descuartizar pollos en la
cocina en vez de salir a trabajar a las seis de la mañana, hacer colas en los
racionamientos y tiritar en las húmedas camas los meses de invierno. La
contienda civil dejó algunas deficiencias nutritivas. La inteligencia de animal y el instinto humano
para sobrevivir convirtieron sus harapos en hábito cartujo. Ya ni recordaba sus
primeros años en el convento, había pasado mucho tiempo y ya, a sus ochenta y seis febreros, sólo le
preocupaba tener vino en los bajos de su mesilla. Era la típica veterana,
postrada en su sillón de enea y eternamente somnolienta, que velaba en las
calientes cocinas los inviernos y en los frescos claustros los veranos.
Esperaba, tranquila y gorda como un cebón, a que le llegara su día.
El estío marchó hace algunas semanas
y el otoño se hacía un hueco a codazos en el valle. Monty notó que alguien
zarandeaba su brazo intentando despertarla del sueñecito en el que se había
sumido antes de la comida. Estaba
sentada en un butacón en la cocina, al olor del puchero humeante y del
calor de las llamas. Aunque aún el tiempo respetaba los huesos viejos, se
agradecía el calor de la lumbre, lo que le provocaba una dormidera agradable y
reconstituyente. Con voz cansina y los ojos vidriosos exhortó a la joven
novicia que la sujetaba del antebrazo a que la dejara en paz. Pero en cuanto la
escucho que tenía visita, agradeció la ayuda que le prestó para levantarse, a
la vez que palmeaba su hábito para adecentarse. Caminó con dificultad por los
pasillos de la abadía intentando llegar lo antes posible a la salita habilitada
para encontrarse con gente de fuera. La clausura era rígida en esas cuestiones
y sólo se permitían dos visitas al año, aunque tratándose de Monty la cosa se
podía hacer más flexible. Era una de las más antiguas, de hecho, había sido una
de las monjas primigenias de aquel convento, el primero de monjas cartujas que
se hizo en España. Antes había estado dando tumbos por Italia en conventos
repartidos por la Toscana
y el Piamonte hasta acabar en Santa María de Benifassá en los años setenta. Y
ahora, después de pasar posguerras, dictaduras, transiciones y demás momentos,
la única política en su vida era contemplar la vida, como el bueno de San Bruno
le había enseñado.
Caminó agarrada del brazo de la
novicia, salió de la cocina y en un instante recorrió los treinta y seis metros
del lateral del claustro, pues la visita le proporcionaba una subida de
adrenalina ya casi olvidada. Ya no se detenía a observar las columnas ni sus
capiteles del claustro como cuando llegó, ahora no los hacía ni el menor caso,
ya no despertaban su interés y sólo comentaba de vez en cuando la degradación
de alguna columna o la suciedad de algún capitel de motivos florales. Eran
otros tiempos, el convento se había convertido en parte de ella. Conocía todos
sus rincones, sus pasos secretos, sus capillas, sus estancias, las celdas,
todo, hasta los agujeros de los ratones. La novicia descerrajó un pesado
cerrojo de bronce y ayudó a Monty a cruzar el umbral de la puerta que unía el
patio con la sala de visitas, despidió a su acompañante y se quedó observando a
la figura que detrás de la celosía de cerezo la esperaba.
-¡Ya
era hora! Gruñó, acercándose despacio...
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