lunes, 13 de febrero de 2012


Amanecí con los dedos negros, oscurecidos por la enigmática sustancia que desprenden las nueces verdes al pelarlas. Es curioso, la naturaleza es curiosa, parece como si te quisieran advertir que las nueces aún no están para comer y para aprender la lección te marcan por unas horas e incluso días con ese hollín natural que envilece tus manos.

Era octubre, un octubre claro, suave e inusual. Me había desplazado a casa de mi tío para ayudarle a levantar un muro de piedra. Me agradaba trabajar con las manos, sumergirme en tareas manuales, sudar , ensuciarme. Llevaba tanto tiempo trabajando en el despacho que tan sólo hacía algo de ejercicio cuando jugaba al golf o al pádel con los compañeros. Y me gustaba sentirme sucio, esforzarme e incluso deshidratarme, eran sensaciones con las que conseguía resetearme, volver con más energía. Un especie de mini ave fénix que me ayudaba a no derrumbarme con mi trabajo. Me sentía asilvestrado fuera de sitio pero un poco más libre...


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